Periodista en El Comercio desde 2014. Amante del fútbol desde la cuna hasta el cajón. El fútbol y el rock son la misma pasión. Twitter: @jmachadom
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martes 29 de mayo 2018

Los Clásicos se juegan hasta el último minuto

Jonathan Machado
Opinión (O)
Twitter: @jmachadom

Qué rabia, dolor e impotencia da cuando te hacen un gol en el minuto 93. A esos sentimientos hay que multiplicarlos por mil si ese tanto es en un Clásico del Astillero que estaba empatado hasta ese momento.


El 1-1 era un punto que no le caía mal a Barcelona, tomando en cuenta que estaba con 10 hombres en cancha. Claro que no le servía para acercarse a Liga de Quito, pero era peor perder y ver más de lejos la cima del campeonato.

Pero más rabia, dolor e impotencia debe sentirse si te empatan el compromiso con un jugador menos, en la última pelota y al minuto 95, luego de haberte puesto en ventaja 60 segundos antes.

Cuando Brayan Angulo se lanzó en el área y remató con la punta de su zapato, los hinchas azules vieron como la pelota se metió en el costado derecho de Máximo Banguera. El grito de gol retumbó en el George Capwell, mientras los jugadores amarillos se recriminaban por no sostener un partido que estaba finalizado.


El duelo estaba sentenciado: los juegos pirotécnicos iluminaban la noche porteña, las camisetas azules saltaban en las gradas del estadio y los jugadores locales festejaban los tres puntos. La tienda barcelonista estaba derrumbada. Con un elemento menos y sin tiempo de reacción, todo estaba perdido.

Pero por algo el Clásico del Astillero es el partido más importante del Ecuador. La pelota descansaba en la mitad de la cancha. Erick Castillo la movió hacia atrás. Desde el área barcelonista, Luis Caicedo la pasó a otro Caicedo: Beder. Arrancó desde su campo por el lado izquierdo y corrió hasta el borde del área azul. Soltó el balón para Marcos Caicedo, quien aguantó ante tres defensas.

Beder recibió el pase y levantó el centro. Víctor Ayala se elevó para sacar una chilena impropia de él ante la marca de Óscar Bagüí. El balón golpeó en la base del palo izquierdo y desubicó a Dreer. La pelota rodó en el área para que Erick Castillo remate solo frente al arco. El 2-2 imposible se hizo realidad. Barcelona revivió de las cenizas.


Los juegos pirotécnicos se apagaron, las camisetas azules se sentaron en las butacas y los que ahora se reprochaban eran los jugadores eléctricos. Con el 2-2, Emelec buscó desesperadamente la victoria en los segundos finales, mientras Castillo no podía ingresar a la cancha porque se sacó la camiseta en el festejo y nadie se la devolvió.

Desde la línea del borde vio a Omar Ponce pitar el final del partido y escuchó como el estadio quedó en silencio. Imagino el camerino eléctrico: caras largas, enojo, tristeza y la lección de no festejar antes de que el Clásico termine.

Este capítulo del partido más emocionante del Ecuador será recordado por mucho tiempo.